martes, 29 de septiembre de 2009

...los hombres con corbata y zapatos también ríen

Allí estábamos. En aquella sala de reuniones. En Barcelona. El director comercial, el jefe nacional de finanzas, el vicepresidente tesorero de la compañía que vino desde Alemania para la ocasión y yo, un prometedor trabajador con un futuro increíble. Pero como bien se dice de los hombres, prometen hasta que la meten. Y yo prometía...prometía hasta que la metí...la pata me refiero...pero bien metida. Así que no me dejaron prometer más.

En la reunión todavía prometía. Era una reunión solemne. Muy bien quedar, muy falso todo, en definitiva, lo normal para lo que se cocía allí. Había que hablar sobre nuestra política económica ante el mercado emergente de nuestro nuevo producto. De esa reunión dependía en gran parte la quiebra o el beneficio absoluto de nuestra empresa. A mí me convocaron porque tenía un gran futuro por delante y tenía que empezar a moverme en esos ámbitos.

En las reuniones yo soy serio, educado, emprendedor, trabajador, conversativo. Pero en la vida fuera de mi empresa soy un poco menos solemne. Sonrío siempre, me río de la vida para que ella no se ría de mí, soy optimista, agradable, extrovertido, y me encanta sacarle una sonrisa a mi gente más cercana.

Llevábamos 5 horas de reunión en el tercer día. Estábamos cansados y todavía no habíamos sacado ninguna conclusión. Me molestaba la tremenda mente cerrada del vicepresidente tesorero. Me molestaba la impasibilidad más absoluta del director comercial. Pero lo que más me molestaba, de entre todas esas mentalidades arcaicas, era la intransigencia del jefe de finanzas. Todos tenían sus ideas muy claras, pero de ahí no se movían. Mi paciencia ante tales posturas retrógradas y cerradas se estaba acabando. Al igual que la de todos. Se notaba nerviosismo. De ese día no pasaba sin tener una conclusión que agradase a todos.

Así que se me ocurrió que nos fuésemos a airear un poco al bar más cercano. Sorprendéntemente todos aceptaron. La mejor idea fue invitar a todos a una ronda de pintas de cerveza. Alguno aceptó a regañadientes, pero finalmente, con la cerveza ya sobre la mesa, empezaron a bebérsela. El vicepresidente tesorero, que era alemán, se empezó a animar e invitó a otra ronda. Lógicamente, tras esas dos rondas, el resto de convidados también invitaron a sus respectivas rondas.

Cuatro pintas rondaban por nuestra sangre. Y el alemán empezaba a brindar con la mano bien alta, y ante tal actitud, todos chocábamos nuestras pintas con la suya... Mi jarra de cristal se rompió desparramando toda la cerveza sobre todos los convidados. El vicepresidente tesorero, con su seriedad ya cuestionable viendo su estado de embriaguez, reaccionó en cuestión de segundos y tiró todo el contenido de su jarra hacia arriba, cayendo todo sobre nosotros. Cuatro pintas sin nada más en el cuerpo de personas no acostumbradas a beber tamaña cantidad de alcohol tiene efectos secundarios. El resto de convidados tiraron sus cervezas al alemán.

Lejos de enfadarse, todos reían. Las diferencias entre ellos y yo se hacían evidentes. Yo tiré la cerveza sin querer, ellos queriendo. Ellos se reían como posesos, yo me reía educadamente. Había que ver a esas personas de cerca de 60 años en tal estado de embriaguez, capaces de tirarse la cerveza a trajes de más de mil euros y seguir riendo. Yo, siendo consciente de todo, quise aprovechar la situación para llegar a un acuerdo que debía haber llegado el primer día de reuniones.

Nos sentamos en otra mesa y empecé a hablar. Sorprendéntemente todos hacían caso a lo que decía sobre la política económica que debía seguir la empresa. Escribí todo en un documento de texto en mi portátil mientras todos se tomaban una quinta pinta. Fuí a imprimirlo a un tienda de reprografía para que fuese firmado por todos los allí presentes. Cuando volví se estaban tomando una sexta pinta.

De sus trajes emanaba un olor a alcohol impresionante. De sus caras desencajadas salían unas carcajadas sorprendentes. Les hice firmar, aguanté con ellos hasta que se hizo de noche y me fuí.

Al día siguiente fui a la sala de reuniones con la idea de que, habiendo firmado unas pautas a seguir en nuestra nueva política económica, nos despediríamos todos de todos para irnos cada uno a su casa.

Allí no había nadie. Llamaba por teléfono pero lo tenían todos apagado. Esperé. No aparecieron. Llamé a mis superiores en la central de Madrid y les comenté que ya habíamos cerrado un acuerdo, así que me dijeron que mañana fuese allí para exponerlo.

Fuí. Lo expuse. A todos les pareció correcto siempre que todos los asistentes a la reunión les pareciese idóneo. A nadie le comenté cómo llegamos a ese acuerdo. Pero lo llevamos a cabo.

A los pocos días me llamaron para ir al despacho de mi jefe. Nunca había ido. Siempre venía él a mí para hablar de todas las cosas. Me despidió.

Las razones: los tres asistentes a aquella reunión se pusieron de acuerdo en que, ese documento con las pautas a seguir en nuestra política económica nunca se había discutido, que les obligué a que lo firmasen habiéndoles metido droga en sus cafés que había pedido yo en el bar.

Solicité que se pusiesen en contacto con el camarero de aquel bar. Pero sólo hizo que fortalecer esa mentira. Evidentemente los tres asistentes a esa reunión debieron convencer al camarero, diría que con dinero, para que confirmase su coartada. Y así fue.

Me despidieron. Y no pude hacer nada.

Hoy trabajo en una empresa de la competencia. Somos una gran entidad, segunda en el sector. Con una política que yo propuse. La primera empresa del sector...mi antigua empresa. Es obvio que, aunque me despidiesen, han utilizado aquel documento con las pautas que yo propuse. No les tengo ningún rencor ni odio. Me siento remunerado porque... nunca olvidaré aquel día en el que, personas importantes con un puesto de trabajo muy bien remunerado y con una gran responsabilidad a sus espaldas, rondando los 60 años, con sus mujeres y sus hijos, personas respetadas en su casa, en su trabajo y en su ciudad, se tirasen cervezas en sus trajes, se emborrachasen tirándose por los suelos, vomitasen en la calle de atrás, y se les cayese cerveza por sus bocas abiertas mientras ellos reían. Eran felices. Conseguí sacarle sonrisas incluso a esas personas.

Soy feliz.

3 comentarios:

Menda. dijo...

Como sea algo relacionado con operadores de telefonía móvil, perdemos las amistades..................

Cote dijo...

Jajajaja. No tiene nada que ver con ese sector de ladronzuelos. Veo que como usuaria de a pie, también debes tener tus experiencias con los operadores de telefonía móvil. ¿Quién no?

S. dijo...

jajjajaja pues aunque sea hartos de alcohol le conseguiste una sonrisa sí.
Pero aún así me parece fuerte la historia...