lunes, 15 de marzo de 2010

...el día que vendí mi alma al diablo

Era una noche cálida, por eso dormía complétamente desnudo.

Estaba soñando con dos jóvenes preciosas con bonitas prendas de seda que adornaban su cuerpo, pero nunca lo tapaban. Ellas se dedicaban a jugar con mi esbelto cuerpo, y a la vez yo con sus turgentes senos.

Pero fuera de mi sueño una dulce voz decía sutílmente "abre la puerta, ábreme la puerta". Pero yo no quería despertar de este maravilloso sueño.

La voz dulce insistía y finálmente me sueño se desvaneció y tuve que despertarme. Eran las dos de la mañana y en mi casa nunca ha vivido nadie más que yo. Alguna gota de sudor se deslizaba por mi musculado cuerpo mientras me levantaba. Tenía mi órgano totálmente erecto por el erótico sueño que había tenido.

Abrí la puerta de mi habitación a las órdenes de esa dulce voz. Pero no había nadie. Un leve brisa de aire subió por las escaleras y entró en mi habitación.

Al no ver nada cerré, me giré y debajo de las sábanas de mi cama se podía intuir la atractiva silueta de una mujer voluptuosa y desnuda, con sus pezones bien remarcados Pero yo no dormía con nadie.

No sin miedo levanté con ansias esa sábana. No había nada.

Me volví a acostar pensando que no era nada importante y volví a soñar. Otra vez esas dos jóvenes preciosas se ponían a jugar conmigo. Era un 69 lo que hacíamos en el sueño, posteriormente le introducía mi pene en la vagina de una de ellas y a la otra le hacía el mejor cunilingus de su vida... y de la mía.

Pero otra vez esa suave y delicada voz me decía fuera del sueño que le abriese la puerta.

Esta vez sin contemplaciones la abrí y un cuchillo me atravesó el corazón sin que nadie lo portase. Nadie había tras la puerta. El cuchillo se mantenía clavado en mi corazón mientras me tumbaba dolorido en la cama.

Las sábanas me taparon el cuerpo sin que nadie hiciese la acción de ello. Y fallecí.

Fallecí en la soledad de mi casa, en la oscuridad de la noche, con el dolor de un cuchillo clavado a la perfección en mi corazón.

Tras fallecer descendí a los infiernos. Desnudo, sudoroso, ví a tres jóvenes que estaban exáctamente en la misma situación que yo. No me lo pensé, y ellas tampoco, hicimos una orgía que duró horas. Las penetré a las tres decenas de veces, ellas mismas jugaban con sus vaginas entre sí, me chupaban todo el cuerpo, y yo a ellas también las lamía. Tras el mejor orgasmo de nuestras vidas, extasiados nos tumbamos en el ardiente suelo, pero no nos quemaba.

No las conocía, ni ellas a mí tampoco, pero los cuerpos bonitos son atraídos entre sí, sin prejuicios, sin preguntas, cuando el mal predomina.

El diablo hizo acto de presencia e hicimos un trato. El primero es que yo no pregunto qué extrañas acciones ocurrieron aquella noche para que yo muriese, y él, a cambio, me permite disfrutar siempre de bellas jóvenes a mi antojo manteniendo mi juventud, belleza y virilidad.

El día que vendí mi alma al diablo hice un trato con él. Yo le vendía mi alma a cambio de que me diese la vida eterna.

Una vez firmado el trato no ocurrió nada más y pasaron tres días hasta los hechos aquí explicados. Yo sé lo qué ocurrió aquella noche... el diablo se dió cuenta de que no tenía alma y vino a por mi vida.

He salido ganando.

3 comentarios:

Stultifer dijo...

El día que Bart Simpson vendió su alma la serie cambió por completo.

Tani dijo...

Me encanta tu faceta cachonda mezclada con intriga, misterio y descaro. Excelente texto, de verdad.
Muchos besos querido Cotesito

Piantada dijo...

concuerdo conlo de Bart simpson...

En la muerte se puede tener vida?