miércoles, 1 de septiembre de 2010

...mi vecino del pueblo (VIII)

Tal y como conté en la séptima parte, este verano volví a mi pueblo y otra vez fui a visitar la casa de mi vecino. Sí, aquella que tantos horrores me hizo vivir el año pasado, y esta vez me los hizo volver a vivir, pero de una manera mucho más... bueno, mejor os paso a contar detalladamente lo que aconteció sin más preámbulos.

Eran las 0:15 de la noche de aquel fin de semana de verano. Mis padres se acababan de ir a las fiestas del pueblo de al lado, y nada ni nadie se veía por las calles de mi pueblo, así que decidí que era el mejor momento para realizar la investigación de nuevo en esa casa de mi vecino, para comprobar que lo que ocurrió el año pasado ya pasó y no se volvería a repetir. ¡Qué equivocado estaba!

Las calle estaba iluminada por la luna y el silencio absoluto de la noche lo rompía alguna vez unos molestos grillos. Ahí estaba yo, delante de la puerta de mis difuntos vecinos, precintada por la policía por los hechos que ocurrieron el verano pasado. Nada se escuchaba ni fuera, ni dentro. Volví a hacer uso de mis conocimientos para abrir la cerradura de la puerta, sin necesidad de quitar las cintas de la policía que la precintaban.

Un ruido a bisagras oxidadas hacía presencia cuando empecé a abrir la puerta y algunas telarañas tuve que quitar. Rápido y veloz entré y cerré sin dejar constancia a nada ni nadie que yo había entrada en la casa prohibida, y encendí la linterna. Todo estaba tal y como lo dejé el año pasado. Ni un segundo pasó desde que entré y empecé a escuchar gritos ensordecedores de niños. Parecían estar siendo maltratados. ¿Pero cómo? No me lo explicaba. Llevaba toda la semana en el pueblo fijándome en la casa, y nadie entró, y durante mi ausencia me dijeron los vecinos que no había entrado nadie pues estaba precintada por la policía y a veces vigilada.

No había tiempo para preguntas, había niños que estaban gritando y parecía una situación en la que necesitaban ayuda, no me paré a pensar y fui hacia los gritos que parecía que provenían del piso de arriba. Iluminando la estancia con la linterna y habiendo cogido el famoso bate que portaba en mi mochila, fui sigiloso en ayuda de los niños.

Cuando ya estaba en el segundo piso me dirigí a la puerta cerrada en la que tras ella se escuchaban a los niños que, aun haciendo el ruido de subir las ajadas escaleras de madera, no cesaban de llorar. Me dispuse a abrir la puerta portando el bate, pero de repente, ví por el rabillo del ojo que en el piso de abajo, en la solitaria silla por la que mi vecino me miraba a través de su ventana durante mi infancia, algo se movió. La luz de las viejas farolas de la calle entraba por la ventana, y una sombra se movió girando la silla hacia mi. No había ningún cuerpo físico que provocase la sombra, pero ella venía hacía mí. Donde la luz de la calle ya no llegaba dentro de casa la sombra desapareció, pero intuía que lo que la provocase venía sin parar hacia mí. Intentaba iluminar con la linterna aquel fenómeno, pero nada se veía.

Los niños no paraban de gritar y aquel fenómeno de la sombra venía hacia mí. Me armé de valor, quería salvar a los niños y luego ya vería lo que hacer. Portando el bate con una mano ya preparada para pegar a lo que quisiera que se me acercase, y cogiendo con la boca la linterna encendida, abrí rápidamente, con mi mano libre, la puerta que escondía a los gritos tras ella, y...

1 comentario:

✿ Belle ✿ dijo...

como que y!!!! jjajaja vale, eso no se puede hacer, necesito más detalles! Genial el texto :)